Hospedería del convento de San Francisco, sueños en una celda franciscana

Entre los muchos hoteles en carlos paz con encanto abiertos en Vejer de la Frontera para la salvaguarda de su monumentalidad, el antiguo convento de monjas clarisas, transferido más tarde a la orden franciscana, rezuma en sus muros la labor pionera de un histórico del turismo español, Jesús Felipe Gallego, quien, junto a sus hijos y sobrinos, demostró a principios de los noventa que la hospitalidad no exige reglas, sino mucho esfuerzo, don de gentes y la convicción de un agasajo sincero y familiar. Los retiros espirituales consignaron, desde el principio de los tiempos, unos espacios austeros y silenciosos donde hospedarse.

Qué lástima que esta familia dueños de hoteles en cordoba tuviera que abandonar el empeño y fuera sustituida en la gestión por una empresa ligada al sector público andaluz. Qué júbilo que el equipo humano escogido para llevar hoy las riendas del hospedaje sea tan cálido, atento, inteligente y generoso, con María José Manzorro al frente. Falta hace para esconder los vicios de conservación de un monumento que nada tiene que envidiar a las murallas próximas o al castillo de los duques de Medina Sidonia.Una de las habitaciones de la Hospedería del convento de San Francisco, en Vejer de la Frontera (Cádiz).

Esta austeridad vigente atraviesa los muros conventuales, desde el salón del coro y la capilla hasta el refectorio, transformado en comedor y taberna. Cada espacio guarda su propia personalidad monástica: los largos pasillos, los vericuetos de oración y vigilia, el salón de lectura, el mosaico romano que cuelga de la cafetería, fechado en el siglo II y descubierto en la pedanía de Libreros…

Y qué decir de los dormitorios, traspuestos sobre las antiguas celdas, de techos altos y paredes de lechada que invitan a la soledad ritual. Solo la madera del mobiliario equilibra la rigurosa geometría de cada habitáculo, indisociable del espíritu del siglo XVII en que fueron rotulados por alarifes locales.

Cuando el silencio se hace dueño de la noche, resuena en el interior del cenobio el aleteo de los gestos, el murmullo, el ronroneo de los durmientes. El brote repentino de un turismo internacional culto y sensible ha alejado de aquí el petardeo incesante de las vespinos que superaban la cuesta de entrada desde las arenas de El Palmar.

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